
El esfuerzo, la tenacidad, la búsqueda de la superación, y la seriedad de andar cargando siempre con la mochila de la responsabilidad, pueden conducir a importantes logros pero a veces no sirven como antídoto para el veneno de los serruchos.
El serrucho de cancha es un bífido venenoso e impiadoso que suele enroscarse desde el anonimato y que te va carcomiendo con puteadas y descalificaciones de sabiondo. Por lo general se le reconoce en su adultez cuando se junta con dos o tres más de su misma condición y, desde oscuros y alejados rincones, prepara la celada para convertirse en carroñero. En todas las canchas hay especímenes de este tipo, y en el básquetbol es más fácil ubicarlos vociferando haciéndose corneta con las manos para bajarle el pulgar a un jugador o a un técnico.
A Sebastián Muñoz, un recién llegado a Tabaré con los pergaminos de ser un habitué a las finales de la Liga Uruguaya, los serruchos lo quisieron sacar luego de que tirara una pelota que no entró.
El lunes, después de que Muñoz, ese esforzado, tenaz, efectivo y responsable basquetbolista, tomó la bandera de Tabaré para, con seis triples consecutivos -los seis que tiró- y 21 puntos, descorchar el clásico triunfo ante Bohemios, los tocanucas, los palmeadores de espaldas, serruchos temporalmente reconvertidos en iconoclastas del deporte, ubicaron a Sebastián Muñoz en el lugar que estaba cuando lo fueron a buscar para que se pusiera la gloriosa gris: el de un deportista que quiere, juega y persigue lo mejor para su equipo y para él.
ME
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